Gracias a la generosidad de mi amigo Manuel Juárez, que fue quien me invitó, el jueves 30/04/26 estuve en primera fila del Teatro de la Ciudad, para admirar la más reciente producción de la directora musical y artista Alondra de la Parra: la ópera neoyorkina Gershwin, la vida en azul.
Se trata de una obra con música del propio George Gershwin, cuyas melodías actúan como hilo conductor en un espectáculo en el que intervienen más de 100 personas, empezando por la Orquesta Filarmónica de Las Américas. La empresa que patrocinó, léase la que puso el billete, fue GNP Seguros, cuya razón social es Grupo Bal y su presidente es Alejandro Bailléres.
No podemos soslayar que todo resultó magnífico: la música, la coreografía, las actuaciones, en fin, todo.
Pero hablemos de la producción, que en esta ocasión fue a base de los más modernos recursos. Para empezar, toda la escenografía consistió en una maxi-pantalla de LED’S, ultra ligera, lo que permitía bajarla y subirla a cada rato. Y sobre ella, con IA, se proyectaban imágenes de acuerdo a lo que sucedía en la trama: paisajes, ciudades, mobiliario e incluso emociones.
Pero, para quien esto escribe, lo más espectacular fue la proyección del holograma de un bailarín quien bailó por dos o tres minutos al compás de la música del piano, para luego desaparecer por el lado izquierdo del escenario.
Poca gente del público se percató de que no era un actor, sino solo su imagen. Se trata de un recurso ya muy de moda en los EU, cuyo uso se disparó en 2007 cuando Céline Dione hizo un dueto con la imagen del difunto Elvis Presley, quien lució elegantísimo con un traje blanco. El recurso estuvo tan bien producido, que mucha gente se la creyó.
Pues lo mismo pasó aquí, ahora, gracias a la magia de Daniel Brodie diseñador y proyeccionista teatral, que fue quien hizo esa labor en Gershwin, la vida en azul.







